miércoles, 30 de octubre de 2013

Todas mis habitaciones dan a tres habitaciones, a saber :
el mar, la familia, la nostalgia.
Entre ellas, es decir, para salir de una y entrar a la otra, basta con atravesar por un lado el espacio y por el otro el tiempo.
Todas las habitaciones tienen ventanas enormes que dan al mar. A ellas se transpasa desabrochando el reloj de su estante, cortando las babas que deja al desplazarce, y con un estruendo de relámpago se debe poder conseguir hacer arena sus agujas. Luego el tiempo, vuelto oblicuo,  translitera los espacios, nos arrebata la realidad actual y nos devuelve al mar.
Todas las habitaciones tienen puertas de marcos azules. Por ellas llegamos a la familia, a los espacios comunes, al diálogo, a la discusión. Por ella vinimos de la vida, y marchamos a la suerte. Por ella nos hacemos hombres y a su vez bestias. No voy a hablar de como llegar, ya que todos sabemos. Dicen que, para no perderse, el reloj debe abrocharse en la muñeca o en el bolsillo. De hacerse lo primero, debe quedar un espacio de uno o dos dedos entre el abrojo y la muñeca.
  Todas las habitaciones, por último, tienen un estante robusto destinado únicamente para guardar recuerdos. Un recuerdo no puede ser entendido de otro modo más que como un pedazo de algo que dispara sobre la memoria pesada un lazo de seda finísimo. Este hilo de material bordó, tiene el encanto de poder arrancarnos un sentimiento y unas cuantas sensaciones, así como un lugar, un verbo, o un todo del pasado remoto o del ahora, (ahora que ya es pasado (pasado que ya es, tan remoto como cualquier pasado)) y dejarlo laxo, casi como material, reposado sobre el cuenco o sobre el borde afilado del paladar de los nervios sensores. Se puede degustar, de este modo hechos lejanos, ahora existentes, ahora punzantes, ahora curvos, ahora laxos, ahora interminables, ahora lacerantes, ahora de acuarelas, ahora de sombras, ahora de máscaras. Es común encontrarse, apiladas también en dicho mueble, con ruinas de fantasmas atrapados a fuerza de tintas (y que luego la imprenta aplacó contra el papel) o a fuerza de haber rebanado la realidad palpable con una máquina fotográfica. Fácil es darse cuenta que esta habitación es rica en traslaciones. No de un modo complicado,  uno puede perderse dentro de ella y en breve dejar todo el espacio cubierto de charcos carmesí, hechos de seda anudada y entremezclada. Es de recomendar, por esto mencionado , portar con uno una navaja bien afilada, un trancheta o un bisturí por si la angustia, o algún tipo de sentimiento extenso, sublime o sobrecojedor nos arremete contra la cordura del ser.
  Todas las habitaciones, además, tienen una puerta especial que no nos traslada a otra habitación, sino a ella misma, es decir, al ahora. A ella sólo podemos atravezarla mediante el tiempo y de ella no podemos retornar. A través de ella nos desplazamos, no ya como los hilos de seda que hoy me llevan a vos, sino al triste momento.

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